elecciones federales en México

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A CINCO DÉCADAS

A todos los efectos de caso, las tres palabras que sintetizan el enunciado de mi primera columna del año, conforman la parte más destacada del rol que me ha tocado protagonizar durante el transcurso de mi solaz existencia sobre este planeta azul, hoy por hoy, amenazado a ultranza por los excesos de todos y cada uno de quienes, en forma irresponsable, y sin excusa válida alguna, hacemos y deshacemos lo que la madre naturaleza desaconseja a sus hijos más dilectos, que somos todos nosotros: velar por el uso racional y sostenible de los recursos puestos a nuestra disposición como medios para garantizar nuestra supervivencia inmediata, así como la supervivencia de toda nuestra especie, por los siglos de los siglos.

En dicho sentido, somos necios, porque no entendemos, o no queremos entender que disponemos de un bien cuyos recursos son finitos y efímeros en el tiempo, y como prueba fehaciente de lo antedicho, los importantes cambios climáticos con los cuales amanecimos este 2018, que nos asuelan desde los cuatro puntos cardinales en que se divide la geografía planetaria, los cuales, en su oportunidad, hacen posible que se enciendan todas las alertas viables y disponibles, pero, aún y a pesar de todo, todavía al alcance de nuestra voluntad soberana.

Han pasado cincuenta años desde que, en el mes de enero de 1968, inicié mi vida laboral a partir del ingreso en la que considero mi Alma Mater más preciada, la Secretaría de Relaciones Exteriores, es decir, Tlatelolco (término que ya no se aplica a los fines de adjetivar una acción en materia de política exterior). En dicho lapso de tiempo, dedique – a plenitud – cuarenta del total de sus calendarios, término de tiempo que me sirvió tanto para forjar mi personalidad, como para consolidar una profesión de ininterrumpido ascenso, ejercida, sin temor a equivocarme con inmensa pasión, vocación y entrega, sólo comparables al esfuerzo desplegado para determinar mi vida en comunidad a parir del momento en el cual me cupo el extraordinario privilegio de conocer a quien resultó ser mi alma gemela, y con quien fundamos, dentro de un ambiente de la más absoluta libertad personal, la obra más significativa de nuestras respectivas existencia: una familia.

Procreamos, durante el transcurso de casi 44 años, tres hijos maravillosos, a cual más. Sorprendentes en todos los aspectos desde los cuales se les mire. Y, como consecuencia directa de la vida en común con mi pareja, ahora disponemos de dos nietos maravillosos (los adoramos) y de un yerno, caballero, sereno, capaz e inteligente que preside, a su vez, un núcleo familiar consolidado, como lo es el nuestro.

El año de 2018 se inicia con algunos síntomas por demás preocupantes que nos llenan de congoja, principalmente, por lo que respecta al avenir inmediato de nuestro muy querido México, tal cual sucedió, en su momento, en aquel paradigmático año del 1968, que sirvió, entre otras cosas, como una especie de parte aguas de un cambio anhelado y posible, detonado como consecuencia directa de lo que para algunos sociólogos fuera considerado como un terremoto juvenil (youthquake) determinado, entre otros factores, por las pugnas suscitadas en países emblemáticos para México,, como fueron los casos de los Estados Unidos de América (lucha a favor de los derechos civiles, y las protestas en contra la guerra de Vietnam) y en Francia, con el publicitado Movimiento Estudiantil que contribuyó a cimbrar las estructuras políticas y sociales de dicha nación europea.

Nosotros, por nuestra parte, también, tuvimos que enfrentar una durisima prueba de fuego vis a vis el autoritarismo prevaleciente que sepultó bajo el fuego de certeras bayonetas militares las crecientes aspiraciones juveniles por sacudirnos un modelo de gobierno que, a esas alturas del paseo, comenzaba a hacer agua por todos los flancos posibles. La noche de Tlatelolco (2 de octubre) marcó un antes y un después en la historia patria de nuestra Nación.

Este año, que apenas ha comenzado, habrán de celebrarse en todo el país elecciones federales en las cuales, serán escogidos, entre otros cargos de la mayor relevancia política, el de la presidencia de la república, es decir, el de “la más valiosa joya de la corona” o la corona misma del poder, en un país en el que no hemos aprendido que es legítimamente posible alcanzar como objetivo en común de todos, enterrar – a cal y canto – a esa entelequia tan repetida a lo largo y ancho del Nuevo Tiempo Mexicano (como parafraseara Carlos Fuentes). nada se mueve, si no es por la voluntad del “señor presidente”.

Sabemos bien y entendemos que dicha maledicencia desdice mucho sobre nuestra real y verdadera vocación democrática. Hemos sido tutelados a ultranza, o más bien dicho, nuestros legítimos derechos para decidir conforme a nuestros gobernantes, han sido conculcados a lo largo del tiempo, por virtud de nuestra complacencia, producto de la misma irresponsabilidad cívica que nos fue transmitida desde las aulas en las cuales aprendimos nuestra primeras letras y los números, en tanto en cuanto nuestros profesores se repartían las “cerezas del pastel” burocrático, gracias al manejo irresponsable de los ingentes recursos económicos destinados al rubro de educación pública en un modelo que, a estas alturas del paseo, nos resulta obsoleto, acartonado e inútil a los fines prácticos de disponer de una población en edad escolar suficientemente capacitada como para competir por las mejores posiciones dentro del contexto social en el cual se desarrolla.

En dicho sentido, a tan sólo unas cuantas semanas de que comience, formalmente, la campaña electoral, el abanico de opciones políticas centra toda nuestra atención. Ya comenzamos a escuchar parte de los más de 59 millones de mensajes subliminales con los cuales el INE atormentará a una población indemne frente a la brutal ofensiva mediática de la que se derivará todo tipo de diatribas encaminadas a obtener (mediante ofensas) la diferencia entre ganar la elección del primer domingo de julio, o resultar el candidato perdedor de la misma.

En todo caso, desde mi muy particular punto de vista, los verdaderos protagonistas de tan singular evento cívico (que convoca a 89 millones de mexicanos), no serán ni los partidos políticos, ni los más conspicuos candidatos en la lisa partidaria. Dicho privilegio corresponderá, nada más y nada menos que, a los más de seis millones de mexicanos (los nacidos después de 1997) que votarán por primera vez en su vida, y en quienes tenemos puestas todas nuestras más altas expectativas, ya que, por virtud de su activa participación, seremos capaces de transformar – ahora si – a México. Contemos, pues en que se produzca un nuevo youthquake, tal cual sucedió en ese pasado reciente al que hoy venimos a referir con inusitada vehemencia.