SOBRE LA CUESTA DE ENERO

Ha sido, tradicionalmente, un tanto cuanto difícil para la mayoría de las familias mexicanas enfrentar, con lucidez, lo que en lenguaje vernáculo hemos calificado como “la cuesta de enero” fenómeno que, dicho sea de paso es, nada más y nada menos que, una expresión lisa y llana de nuestra falta de previsión para hacer frente al devenir de nuestras responsabilidades en el corto y mediano plazos, y estar así en capacidad para asumir el rol que nos corresponde como integrantes de una sociedad en constante transformación, como es el caso de la que se estructura a lo largo y ancho del territorio nacional.

La reflexión anterior, en todo caso, muy bien podríamos (debemos) extrapolarla al siguiente nivel, es decir, al de la realidad política que en este momento enfrenta el nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en el contexto de lo que el mismo se ha encargado de enunciar como la Cuarta Transformación (4T), misma que, a estas alturas del paseo, se encuentra en el umbral del tercer mes de su respectivo ejercicio.

Con enorme tristeza – por decir lo menos – nos hemos venido a enterar, justamente, en esta cuesta de enero, que AMLO recibió de su predecesor inmediato, Enrique Peña Nieto (EPN) un país en plena crisis sistémica de sus principales instituciones políticas, económicas y sociales, tal cual había sido advertido en la obra “Cleptocracia” de mi autoría (www.amazon.com/ Cleptocracia by ignaciogutierrezpita) confirmada, a su vez, por los más recientes datos aportados por Transparencia Internacional, en cuyas últimas estimaciones especializadas sobre los índices de corrupción gubernamental, México perdió 33 lugares, con respecto a los últimos resultados (2017) cayendo de la posición 105 a la 138.

Ahora bien, sin que nuestra opinión implique que intentamos rasgarnos las vestiduras y, hacer o aparentar hacer una especie mea culpa colectivo, la verdad es que, es ahora, en este preciso instante, que comenzamos a darnos cuenta del enorme vacío de poder en el que había caído nuestro país y que, como consecuencia lógica de tal omisión, parte importante de nuestra riqueza nacional, comenzó a ser usufructuada – clandestinamente – por integrantes del crimen organizado, tal cual hemos visto, al menos, por lo que respecta al expolio del que ha sido víctima la empresa estatal más importante de México: PEMEX, cuyas entrañas han venido siendo horadadas a mansalva por huachicoleros, apoyados o coludidos con funcionarios y empleados de los tres niveles de gobierno.

Según se ha podido saber, en los últimos diez años, es decir, durante el curso de al menos los dos últimos sexenios, los poliductos que surten de productos derivados del petróleo a todo el país, han registrado hasta 12,600 tomas clandestinas, algunas de las cuales, como es el caso de la que fue ubicada dentro del perímetro del municipio de Tlahuelilpan, en el Estado de Hidalgo, han sido causantes de graves accidentes como el que se verificó durante el presente mes, con un saldo de más de cien víctimas mortales (su número sigue creciendo) y un número indeterminado de heridos y lesionados.

De la mano de sus congéneres del huachicol, los integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), si estimado lector, esos mismos que nos han causado tantos desasosiegos y que paralizan ciudades enteras, por simple capricho, ahora se han apoderado de las principales vías del ferrocarril – llevan quince días de paro – en las inmediaciones del Estado de Michoacán, lo que, prácticamente, se ha traducido en la paralización del ingreso y la salida de todo tipo de bienes y servicios, con las indudables repercusiones negativas para la economía nacional.

Quienes integran dicha fuerza laboral, ahora se han empoderado, y dicen, que actúan con el beneplácito del propio AMLO, quien además de interceder en su favor ante autoridades de los otros dos niveles de gobierno, les prometió abrogar la tan cacareada reforma educativa impulsada durante el ejercicio de EPN y devolverles las innumerables (e injustificadas) canonjías de las cuales disfrutaron durante el curso de los más obscuros estertores del período de la dictadura perfecta.

Como bien dijo el propio AMLO: me canso ganso, voy a transformar a México.

 

 

 

 

 

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