REHENES EN PANDEMIA

Como seguramente les sucedió a la mayoría de mis apreciables lectores, la difícil coyuntura por la cual atravesamos, suscitada por los demoledores efectos del Covid19, nos ha producido sentimientos encontrados, estimo que, en muchos casos, el de la frustración – que es el mío – prima, en unos sí, y en otros también. No obstante, a estas alturas del paseo, intuyo que muchos han de pensar que el mismo surgió como consecuencia de un experimento que involucra la inteligencia humana, es decir, producido en un laboratorio de la ciudad de Wuhan, en China, tal cual se desprende de las afirmaciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, o si, en todo caso, fue producido o consecuencia de una mutación genética originada en alguna especie de la fauna silvestre del propio país asiático que, al tiempo de su transferencia, infectó al ser humano.

La verdad sea dicha, a la fecha de escribir estas líneas, y de conformidad a los últimos datos que asienta el estudio de la Universidad John Hopkins, la infección ha afectado a mas de cinco millones de personas a nivel global, con un total de 333,419 víctimas mortales, de entre las cuales, es decir de los afectados, se destacan – por número – los Estados Unidos (1,577,758); Rusia (326,448) y Brasil (310,087). Por lo que respecta a Colombia, lugar en donde resido hace más de ocho años, los últimos datos son: 18,330 casos, con 652 víctimas mortales, lo que refleja que las cosas no cambian mucho, especialmente en lo que tiene que ver con la forma de enfrentar el fenómeno, que se materializa en una cuarentena obligatoria para todos que, en mi caso, fue a partir del 13 de marzo último, fecha en la que fuimos enviados al confinamiento domiciliario por virtud de un ordenamiento – injusto, pero válido – emitido desde la cúpula del poder de la efebocracia gobernante.

En ese sentido, debo confesar, sin la mayor contrición que, a partir de dicha instancia, mi personalidad se fue desdoblando en dos mitades ontológicas: la del ser, y la del deber ser.

Como consecuencia de la primera, grande fue mi frustración al suscitarse dos hechos singulares y contrastantes que pudieron haber cambiado mi vida.

Ambos, genuinamente fortuitos, es decir, ni el uno ni el otro estaban previstos a ocurrir, y su consecución, no estaba anunciada ni en ese tiempo, ni en lugar, ni en modo, en el que se presentaron. El primero y más triste, el fallecimiento de mi muy querida madre Martha Yolanda Pita, el día 15 de abril – víctima de un mal menor, afortunadamente, se produjo a los 100 años con ocho meses de su natalicio – lo cual generó en mí un exacerbado sentimiento de frustración, toda vez que, a dichas alturas, Colombia había cerrado a cal y canto sus cielos a la navegación aérea, tanto nacional, como internacional, lo cual hizo prácticamente imposible que viajara a la ciudad de México, lugar en donde se produjo el deceso, para acompañar la velación y el entierro del ser humano que cumplió, al mismo tiempo, funciones de padre y madre, tanto para mi, como para mis tres hermanos.

El caso número dos del ser, fue derivado de la celebración de mi cumpleaños número 70 (12 de abril), fecha que causó gran regocijo en la mayoría de quienes integran mi familia nuclear. Grande fue mi sorpresa al recibir de parte de mis dos hijos mayores y de Raúl, mi yerno, un insospechado obsequio: tres pasajes ida y vuelta, así como todos los gastos de estancia pagados, para realizar, conjuntamente con Olga Inés (dueña de mis quincenas) y con Natalia (la hija menor) un viaje por diversos sitios de España y Francia.

También se frustró, por las mismas razones determinadas – Covid19 – por las medidas adoptadas desde las altas instancias gubernamentales, principalmente, tras considerar la grave situación pandémica por la que atravesaron, en la coyuntura del mes de abril, ambas naciones europeas.

En lo que toca a la otra parte de mi desdoblamiento personal, el que atañe al mundo del deber ser, he asumido, en medio del mayor comedimiento, todos y cada uno de los lineamientos emitidos por las autoridades competentes, como mejor fórmula para ir saliendo, paso a pasito, de los efectos de la pandemia prevaleciente, no obstante que, en algunos casos, mi frustración se ha incrementado en función de dos razones principales: 1.- el lenguaje empleado por el presidente de Colombia, Iván Duque Márquez, en cuanto a los adultos mayores (70 años) se refiere, a quienes estigmatiza como “abuelos”. Me atrevo a suponer que, por principio, no nos estigmatizó de mala fe, aunque en la práctica lo hizo; y 2.- Poco o nada se ha hecho hasta el día de hoy a favor o beneficio de la población con capacidades diferentes. El caso de Natalia (autista) quien desde la misma fecha en que comenzó la cuarentena para todos nosotros, quedó encerrada a cal y canto dentro de las cuatro paredes de nuestra residencia particular, ahora ya, casi por tres meses.

Este último caso, me parece, podría llegar a ser el más grave de todos, por virtud de que ha sido anunciado recientemente que en este país quedan suspendidas todas la actividades lectivas presenciales – tanto para escuelas públicas, como para las privadas – hasta finales del próximo mes de agosto, por lo cual, Natalia acumulará para esa fecha, cinco meses de encierro injusto y sofocante.

En fe de lo cual, reafirmo que nos sentimos prácticamente como rehenes de este espacio virtual en el que ahora nos desenvolvemos, del que prácticamente dependemos y sin el cual se verían frustrados – como nunca antes había sucedido – nuestros más caros principios libertarios fundamentales, trastocados, eso sí, para bien o para mal, por la voluntad de quienes ahora gobiernan.

 

 

 

 

 

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