NO HAY QUINTO MALO

Tal cual reza el conocido adagio, la posibilidad de que nuestro país realice aportaciones relevantes, son muy amplias, por virtud de su membresía como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSONU) para el período 2021-2022 – electo el día de ayer con 187 de los 192 votos posibles -, lo que representa su quinto mandato en el más alto foro multilateral, sobre todo, a la luz de los grandes retos que, con toda seguridad, habrán de ser debatidos en la sede de la ONU en la ciudad de Nueva York.

Por principio de cuentas, y motivado por la restricciones derivadas de la pandemia del Covid19, y sus serias afectaciones en la ciudad sede del organismo multilateral, es posible que, por vez primera desde su fundación, la ONU deberá manejar como real y verdadera la posibilidad de que los grandes debates que serán suscitados en el marco del ejercicio de sus funciones fundacionales, serán escenificados en forma virtual, tal cual ha sido anunciado ya por las principales autoridades locales y federales del gobierno estadounidense con respecto de la celebración del LXXV período ordinario de sesiones, el próximo mes de septiembre.

No se espera para este próximo otoño, que la ciudad de Nueva York se vea, una vez más, desbordada por los miles de delegados que pululan a lo largo y ancho de la Gran Manzana, conducidos en comitivas interminables que transportan a todo tipo de dirigentes políticos venidos, eso si, desde los cuatro puntos cardinales del globo terráqueo.

Al momento de escribir estas líneas, no me queda muy claro el papel que pretende desempeñar México en el contexto de las prioridades que, en materia de política exterior, han sido enunciadas desde la plataforma de la 4T – movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador (AMLO) – quien, en todo caso, ha venido orquestando una sinfonía con muchos tonos disonantes, sobre todo, en lo que tiene que ver con su personal interpretación del multilateralismo de cara al siglo XXI.

Para muchos, y confieso que es mi caso, AMLO ha puesto en marcha una estrategia que aparentaría estar sustentada en algunos de los principios sobre los cuales descansa el interminable debate decimonónico entre liberales y conservadores, tamizado, a su vez, por el viejo y arraigado nacionalismo revolucionario de comienzos del siglo pasado.

A todas luces, ni lo uno, ni lo otro, reflejan con transparencia la coyuntura internacional en la cual, priman los intereses de las grandes superpotencias (Estados Unidos, Unión Europea, Japón, Rusia y China) y su disputa para ocupar, siempre que sea posible, los escasos espacios de interacción derivados de sus bien conocidas apetencias imperiales.

Será que nuestros apóstoles de la 4G interactuarán a la altura de las circunstancias, o nos iremos por la libre, es decir, intentando pontificar con unas mañaneras sustentadas desde las riveras de Manhattan.  Si este es el caso, sin temor a equivocarme, creo que estaríamos tirando por la borda el poco (o mucho) capital político que aún se preserva en una rica historiografía que atestigua el paso de México en la defensa y salvaguardia de los principios que inspiran el derecho internacional, especialmente, en el presente siglo.

 

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