¿DÓNDE ESTÁ EL CAPITÁN?

Traigo a colación esta serie de películas orquestadas por la industria cinematográfica de Hollywood, allende los años ochenta, cuyo principal objetivo fue satirizar una actividad profesional de la mayor relevancia – como es el caso de un comandante de avión de pasajeros -, sobre todo, para los sufridos viajantes, en quienes unas veces si, y otras también, recaen todo tipo de vicisitudes, incluida la consabida llamada de Mayday, precursora de algún tipo de catástrofe o inminencia de peligro, con el firme propósito de enunciar, aunque sea en forma tangencial, a uno de los protagonistas de la tragicomedia nacional, protagonizada, por los primeros actores de la 4T en nuestro país, que, es y seguirá siendo, la popularmente conocida, por su nombre y apellido: al avión presidencial TP 01.

De conformidad con el estado de ánimo de nuestro primer mandatario, AMLO, este aparato con dos turbinas – que ciertamente le avergüenza, y que nos avergüenza a todos por igual –  que soporta el peso bruto de una bestia irracional, pero funcional,  que se desplaza, sin necesidad de escalas técnicas, a cualquier lugar de nuestro planeta, originando su salida desde nuestra ciudad capital, o cualquier otra, dentro de territorio nacional, representa la cereza del pastel de lo que, según el propio comandante en jefe, materializó las aspiraciones imperiales de los adalides del viejo régimen, estigmatizado, hoy y para siempre, por los altos índices de corrupción con el que lo mancillaron.

Dicho sea de paso, uno de los actores principales de la rapiña transexenal, Emilio Lozoya, ex director general de Pemex, acaba de ser detenido en España, y todo augura que, próximamente, viajará, en calidad de extraditado, a nuestro país.

Bien, retomando el párrafo precedente, hasta este punto, estoy de acuerdo con el tabasqueño. En la obra “Cleptocracia” (publicada por the International Book Corporation IBC 2018) de mi autoría, tuve la oportunidad de exponer, ampliamente, el caso de desvío de fondos públicos, para la adquisición de bienes suntuarios e inútiles, como es el caso que se aborda en el presente artículo, llamando, en todo caso la atención, concretamente, en una realidad que nos desnuda por completo ante la comunidad internacional, como es el caso de que en nuestro país, si en nuestro México, tenemos: 124.74 millones de habitantes, de los cuales, 52.4 son considerados como pobres, y, de ellos,  9.3 sufren de pobreza extrema, según los datos aportados con la información obtenida durante 2018 por el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) correspondiente al año de la medición.

Dicho lo anterior, lo que se haga, o se deje de hacer con el susodicho avión imperial – rifa, sorteo, pifia, o lo que sea que se le ocurra al mandamás – nos debe de tener sin mayores sobresaltos, y sin cuidado, sobre todo, si para ello consideramos la abultada agenda política de que dispone la 4T para poder avanzar en el cumplimiento de sus responsabilidades constitucionales vis a vis la fiesta del chascarrillo mañanero con el que el jefe de jefes nos distrae de lunes a viernes y con la cual se pretende sedar (silenciar) la conciencia colectiva ciudadana, que confronta, un día si, y otro también, los riesgos que implican el desplazamiento que parte desde la tranquilidad de nuestros respectivos hogares, hacia la intrincada selva que nos acecha en cada esquina y crucero, en donde deberemos enfrentar riesgos, peligros y amenazas en contra de nuestra integridad personal o familiar, desde y hacia la mayoría de las principales poblaciones urbanas y rurales de esta gran nación que nos alberga.

Lo anterior, sin dar por descontados los perniciosos efectos provenientes de allende nuestra frontera hacia el norte geográfico donde padecemos los síntomas del odio exacerbado que pesa sobre México, y del cual es protagonista principal, el actual  inquilino de la Casa Blanca (Washington D.C.), quien durante el curso de todo el presente año, se encontrará en plena campaña para la reelección en el proceso comicial del próximo mes de noviembre, constituyéndose, sin lugar a dudas, el hecho mismo, en el mayor riesgo potencial para todos nosotros, y que demandará la máxima alerta nacional en todos los flancos y hacia nuestros cuatro puntos cardinales.

Ciertamente, AMLO optó por el camino que mejor conviene a sus reconocidos intereses, es decir, el culto a la personalidad (a la suya, por supuesto) dejando en manos de tripulaciones inexpertas, y claramente ineficaces, la conducción de esa águila real, devorando una serpiente, que nos representa a todos, en calidad del símbolo de la gran nación que, hoy por hoy, somos, y nos merecemos todos por igual.

 

 

 

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