AMLO: PAROXISMO VERSUS ESCEPTICISMO

Sólo así, de dicha manera, estaríamos en posibilidad de comprender el fenómeno que gobierna a México a partir del pasado mes de diciembre, a cuya cabeza se distingue el propio Andrés Manuel López Obrador (AMLO) quien, dicho sea de paso, y de conformidad con las más recientes encuestas elaboradas ex profeso con el fin de determinar el nivel de aceptación ciudadana, alcanzó un rango de 79.4%, es decir, casi ochos de cada diez mexicanos manifestaron su conformidad por el rumbo con el cual se viene implementando lo que ha sido considerado – por el propio AMLO – como la Cuarta Transformación (4T) del país, que debemos interpretar como la génesis de un nuevo modelo de gobierno (con todo lo que dicha acepción pudiera llegar a significar).

Al respecto, confieso, con la mayor sinceridad que me sea posible alcanzar que, por principio, me ubico, conscientemente entre los escépticos, que no nos entregamos a pie juntillas – como lo hiciéramos ya en algún momento de nuestras respectivas existencias, sobre todo, a partir de la alternancia política del México del 2000 – nuestras mayores y mejores expectativas por alcanzar un país más incluyente, menos injusto, más solidario, menos corrupto, más equitativo y, sobre todo, mucho más democrático.

Todo lo enunciado en su conjunto, ni por asomo ha emergido por virtud de la inspiración del nuevo Redentor de México. Es más, el propio AMLO en su afán por auto incorporarse a uno de los capítulos más destacados de nuestra historia patria, olvidó que, no obstante haber obtenido en su favor – a través de su movimiento político – treinta millones de sufragios el pasado mes de julio, dichos votos representan única y exclusivamente, una cuarta parte del total de la población con que cuenta todo el país, por lo cual, en los siguientes cinco años y pico que le restan aún como jefe de estado, deberá realizar el mayor esfuerzo posible para convencernos sobre las bondades de su proyecto de nación, así como el hecho de que, al término de su mandato constitucional, cumplirá a raja tabla con la promesa de acogerse voluntariamente a un retiro modesto y honorable, y cobijarse bajo la cálida sombra que le ofrece su ya famosa finca en Palenque, Chiapas, mejor conocida como “La Chingada”.

No obstante lo anterior, por el lado de los áulicos, todo es paroxismo. Están felices por el hecho de que AMLO, incluso antes de haber tomado posesión del cargo de presidente de México, se comportaba como tal. Pontificó desde su púlpito personal, aprovechando, dicho sea de paso, cualquier oportunidad para descalificar a tirios y a troyanos: quien no está conmigo está contra México, fue una de sus más conocidas diatribas post electorales. Los “fifís” “ la mafia del poder” “los pirruris” “los frijoles con gorgojo” así como otros epítetos más o menos conocidos, figuraron como los calificativos por excelencia utilizados en la jerga política de la 4T.

Ahora mismo, a tan solo dos días de que fueran conmemorados los primeros cien del régimen del Movimiento de Renovación Nacional, que dicho sea de paso, deberían de haber sido determinados al menos como los primeros doscientos días del “Peje” pegado a la ubre del estado mexicano, lo cual, desde mi particular punto de vista concita una profunda reflexión – en el ámbito de la más amplia sinceridad del caso – sobre el tipo de nación al que aspiramos todos, y si dicho modelo coincide con la estrategia implementada por los principales estrategas políticos del propio AMLO.

Por mi parte, como ya fuera enunciado con anterioridad, soy escéptico por naturaleza. Nada es peor para una nación como la nuestra que prime la homogeneidad de pensamiento y obra. Por tal motivo, damos la más cordial bienvenida – en el más amplio sentido de la palabra – a la indispensable heterogeneidad, porque la misma, así lo entendemos, se constituye en una especie de eje principal que sustenta los principales valores democráticos que deben guiar a una nación del calibre, la dimensión y el peso específico como la nuestra.

Valiéndome de tal razonamiento, me parece que AMLO podría llegar a desbocarse de continuar su febril carrera en pos de “salvar a México” , de lo que él mismo califica como la “mafia del poder”, misma que ha dominado el panorama político de nuestro país desde tiempos inmemoriales, causante, además, de todos los males que nos aquejan, para los cuales, según ha sido advertido con toda claridad por el propio primer magistrado, dispone de una cura infalible: la 4T.

Estoy firmemente de acuerdo en que AMLO realice el mayor esfuerzo que le sea posible para lograr el feliz cumplimiento de sus objetivos o plan de gobierno, para eso fue elegido por un número significativo de mexicanos, lo que, en todo caso, me inquieta es la forma y el fondo en que ha venido interactuando de cara a las principales instituciones políticas del país, la división de poderes y los órganos de control de los propios poderes públicos a nivel federal, a los cuales ha venido vulnerando – sin querer queriendo, tal vez por su falta de ignorancia -, sin que ello pudieran llegar a justificar sus muy notorias y tangibles omisiones, puestas en marcha bajo la premisa (digo yo) de que el fin justifica los medios.

Es verdad que el cochinero – escondido por los rincones – que encontró AMLO a su llegada al poder justifica plenamente que se imprima a la gobernabilidad del país, un giro de ciento ochenta grados. Lo que es injustificable hoy, mañana y siempre, es que para echar a andar la maquinaria del país, en su marcha, se precipite a México hacia ese profundo abismo que con toda claridad avizoramos en lontananza.

 

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