ACUERDO COMERCIAL MÉXICO ESTADOS UNIDOS (ACME)

Con esos mismos términos calificó el presidente de los Estados Unidos de América (PROTUS) la culminación del proceso de negociación del otrora mejor conocido como Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) entre dicho país, México, y Canadá. El referido instrumento trilateral, tal cual es de público conocimiento, fue suscrito entre las partes y, una vez ratificado por sus respectivos Congresos, entró en vigor, al menos para nuestro país, el 1 de enero de 1994.

En este sentido, conviene destacar, a todos los fines del caso, que el gobierno de Canadá, a estas alturas del paseo, no ha manifestado, fehacientemente, su anuencia para integrarse, en los actuales términos, con lo que, llegado el momento, podrá llegar a ser calificado como TLCAN 2.

Dando por descontada la valoración sobre el éxito alcanzado a favor de los tres países asociados, sobre todo, a la luz del indudable incremento en los intercambios de bienes y servicios entre las partes contratantes, es decir, mientras que para el año de 1993 el flujo comercial alcanzó de un total de 290 mil millones de dólares (mdd), al cierre de 2016, las magnitudes alcanzaron 1.1 billones de dólares (bdd). Como consecuencia de lo anterior, conviene subrayar, específicamente, sobre el creciente superávit registrado por México en su relación bilateral con los Estados Unidos de América – ubicado en 70 mil (mdd) – que podría ser la causa específica para que el propio PROTUS lo declarara (desde el comienzo de su campaña presidencial) como “el peor acuerdo comercial jamás firmado” por su país.

Lo que si conviene puntualizar sobre el proceso recién concluido entre México y los Estados Unidos de América, es que, a la fecha de elaborar el presente análisis, lo único tangible, es decir, lo que está a la vista de todos, es el clima de creciente incertidumbre y opacidad derivado de la coyuntura política por la que atraviesan los gobiernos de ambas naciones. Por el lado de nuestro país, la culminación de uno de los peores sexenios de que se tenga memoria, y por lo que respecta a nuestro socio estadounidense la inminencia de que, durante el curso de las elecciones legislativas que habrán de celebrarse el próximo mes de noviembre, el quincuagésimo presidente pierda sus actuales mayorías republicanas en las dos Cámaras que integran el Congreso.

Y, justamente, hablando del Congreso estadounidense, conviene, a los fines de nuestra propia causa, tomar en cuenta que la administración Trump comenzó el proceso de negociación con sus contrapartes del TLCAN, bajo los términos de la cláusula “Trade Promotion Authority” (TPA), la cual determina, de forma específica, la capacidad de compromiso que puede asumir el poder ejecutivo en dicha materia, y que, en el presente caso, estaría sujeto a concluir una negociación entre tres (países), no solamente entre dos contrapartes, como hasta el día de hoy, se ha concluido.

Por lo anterior y, a reserva de disponer del texto in extenso a través de cuya lectura estaríamos en posibilidad de emitir una opinión ya sea en sentido favorable o en contra, nos vemos obligados a partir del supuesto de que, tanto los unos, como los otros equipos negociadores habrían interactuado impulsados, tan solo, por el sentimiento de buena fe, que todos esperaríamos de nuestros altos representantes gubernamentales, y no bajo los influjos de la angustia existencial por la que atraviesan los primeros mandatarios de ambos países.

En el caso que nos ocupa, el del ACME, tan cacareado por la administración peñanietista, enunciado, además, como una verdadera epopeya, en beneficio del sistema, logrado por algunos de sus mejores corifeos como son los casos de Luis Videgaray, e Ildefonso Guajardo, a quienes en la recta final del esfuerzo se les unió, el especialista Jesús Seade (quien interactuó como representante del presidente electo), y sobre quien dicen, los que mejor saben de esto, que sin dicha participación, no se habría arribado, con éxito, a las puertas de las infranqueables fronteras que se interpondrían en nuestro camino.

Sin perjuicio de parecer poco optimista, la cruda realidad dista mucho de la euforia característica del enfoque con el que se nos ha querido vender esta novedosa entelequia que, la verdad sea dicha, dista mucho de parecerse a su predecesora, la cual, como ha sido señalado, fue prácticamente sepultada – sin haber recibido para ello los honores que, por derecho, le correspondían – como consecuencia de las innumerables diatribas que nos hemos tenido que tragar cada vez que PROTUS trina a través de sus redes sociales todo aquello que por razones de conciencia no puede despotricar cara a cara y de frente a los molinos de viento que circundan a mañana, tarde y noche por su cabeza.

Ahora bien, si como se nos ha dicho, el ACME supone constituirse en el mejor acuerdo posible alcanzado entre las partes, por la simple lectura de lo hasta ahora conocido, se nos hace un tanto cuanto difícil extraer razones suficientes como para acreditar que las verdades a medias con las cuales se nos quiere engañar, a la larga, se constituyan como la mejor panacea para nutrir nuestros más ingentes apetitos llegada la hora de sentarnos a la mesa en calidad de invitados, o convidados de piedra, a la que será considerada como la fiesta de todas las fiestas, y que está próxima a comenzar.

Ah, por cierto, no me gustaría que usted, amable lector quedara con la misma duda existencial que surcó mi memoria al momento de conocer el acrónimo determinado para ubicar el nuevo instrumento bilateral: ACME (si, muy similar al popularizado en la serie infantil de televisión de los “Correcaminos y el Coyote”, creada por Chuck Jones) significa: A Company that Makes Everything.

¡ Qué tal !

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