158 ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE PUEBLA

A la memoria de mi muy querida madre doña Martha Yolanda Pita QEPD

 

Me gustaría afirmar con la mayor sinceridad posible que entre los relatos más conocidos que obran sobre la variada historiografía de México independiente, uno de los capítulos que siempre llamaron mi atención, es el que significó la Batalla de Puebla, librada entre un muy vulnerable Ejército Nacional – al frente del cual figuró el general, Ignacio Zaragoza (proclamado unos años más tarde cómo Héroe de la Patria) – contra la máxima potencia militar conocida en la época, integrada por las fuerzas armadas del invencible ejército francés.

Con independencia del alcance histórico del enfrentamiento entre los ejércitos de ambas naciones, cuya narración final sigue siendo objeto de interés de innumerables especialistas, podemos concluir, sin temor a equivocarnos, que nuestra patria vio fortalecido su espíritu nacional, profundamente mancillado por las ambiciones extra territoriales que caracterizaron a los imperios de la época, en franco proceso de consolidación. A dicho respecto, me gustaría, también, referir otro evento que, de la misma manera se significa como heroico, aunque menos conocido, pero que no dejó de ser especialmente significativo para ofrecernos una visión, los más realista que fuera posible, de las circunstancias que convergieron en el torno de epopeya tan significativa.

Me refiero, concretamente, al papel desempeñado por integrantes de la sociedad civil en su conjunto, que en esa mañana del 5 de mayo de 1862, intempestivamente vio interrumpido su natural reposo, al sonoro rugir de los primeros cañonazos que impactaron las laderas de los fuertes de Loreto y Guadalupe, en pleno corazón de la capital del Estado que, además de su ensordecedor estruendo – que, según el relato histórico, dominó el ámbito territorial de la metrópoli -, produjo las primeras víctimas de guerra, así como un número indeterminado de heridos y lesionados con diferentes niveles de gravedad.

Para ilustrar la generosa disposición manifiesta por parte de la sociedad civil poblana, refiero que mientras el combate veía sus primeras luces, siendo las cinco horas del amanecer, Don Mariano Pita Zepeda – mi tatarabuelo -, médico cirujano por la Universidad de Puebla (graduado el 6 de junio de 1842) suspendió con premura el piadoso ritual al que puntualmente asistía un día si y otro también, para atender los detalles inherentes a la ceremonia de la santa misa, con el fin de dirigirse apresuradamente al hospital principal de la capital del estado, lugar en donde desempeñaba sus servicios profesionales, y en donde le fue posible brindar los auxilios especializados, no sólo al primer herido que ingresó portando uniforme del Ejército Nacional, sino que, a todos y cada uno de los lesionados que encontraron refugio seguro y humanitario entre las cuatro paredes del nosocomio, con independencia de la indumentaria que portaran, especialmente, en los casos de quienes vestían uniformes franceses.

Don Mariano Pita Zepeda – tal cual lo refiere en su obra heráldica la última descendiente directa de la familia Pita, doña Martha Yolanda QEPD – no sólo fue una de las primeras generaciones de médicos cirujanos profesionales graduados en el estado, sino que fue conocido por su humanismo y sensibilidad social característica, en un país como lo fue el México del siglo XIX, con ánimos exacerbados y pasiones desbordadas. Fue, a su vez, padre de don Joaquín Pita, quien años más tarde protagonizó otro hecho histórico en el propio estado de Puebla, el 19 de noviembre de 1910, fecha del levantamiento armado de Aquiles Serdán y familia, como preludio del inicio de la Revolución.

Aquel 5 mayo de 1862, nuestro país dio una gran lección a todo el mundo conocido, mientras se jugaba no sólo con la incertidumbre de mantenerse como nación independiente, sino con la posibilidad para allegarse instituciones con fuerza aglutinadora, a través de las cuales estuviera en capacidad de fortalecer el incierto destino que se vislumbraba ya como consecuencia del acecho de potencias extracontinentales que veían en México – por su estratégica situación geográfica – como paso obligado para materializar su delirios expansionistas hacia las ingentes riquezas ocultas a lo largo y ancho de todo nuestro continente.

El parte de guerra signado por el general Ignacio Zaragoza, dirigido a las altas autoridades del gobierno constitucional, encabezado por el Presidente, Benito Juárez, reza cual el mejor poema de la más cercana antología: “Señor presidente, en este momento histórico para la patria, las armas nacionales se han cubierto de gloria”.

Y así fue, tal cual ha sido enunciado en tantas otras ocasiones, en un día de primavera, como el de hoy, fecha en la que, curiosamente, no deja de llamar nuestra atención la euforia con la que nuestros vecinos estadounidenses la celebran, a pesar del inentendible desdén que en el entorno a nuestra amada patria, ha despertado el actual inquilino de la Casa Blanca, en Washington, quien no desaprovecha ninguna oportunidad para hacernos objeto de sus incoherentes e ininteligibles diatribas.

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